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Mamá, no tengas miedo, pronto papá cuidará de mí.

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Mi padre se llamaba Artemio García, (por haber nacido el día 20 de octubre,) un hombre de campo que sólo sabía de refranes, del tiempo y de las cosechas. Eso, y un trozo de tierra, era todo lo necesario para vivir en una aldea de Jaén allá por el año 36. Un mal año, para ser varón y mayor de edad en España.

Entre el 17 y el 20 de julio del 1936 la noticia se extendía por toda España. Era lunes por la tarde,  creo que entre el día 19 y el 20 de julio de este año, cuando mi padre acudió al pueblo para vender lo que había recogido de la huerta. Un tumulto de aldeanos se agolpaba en el bar. Jaleo y peticiones de silencio, sonaban justo bajo el nivel del locutor de la Radio. La guerra había comenzado y las “tropas moras” del General Franco se disponían a avanzar sobre la Península. Padre corrió a casa…

Ante el peligro de que cualquier bando entrase en la zona y los acusara de traidores, los hombres de la casa tuvieron que huir, para sumarse a las filas del ejército más cercano. Mi padre huyó a Córdoba, en una localidad cercana a Villafranca de Córdoba, para unirse al bando llamado “Nacional”; mi tío Federico, el hermano mayor de mi padre se fue a Jaén, y mi tío Juan decidió quedarse en casa…

Tan solo un año después, tuvo lugar el bombardeo de Córdoba, uno de los más sangrientos de la guerra, en el que pereció parte de la población civil. Una semana después, supimos que mi padre había sobrevivido. Fue enviado un tiempo a casa, para tratar de recuperarse de la pérdida de audición, durante el que parecía que tuviéramos un muerto viviente en casa. Su mirada ya no era la de antaño, la de un hombre curtido en la dureza del campo. La guerra había convertido sus ojos en los de de un animal asustado, herido y arrinconado por su presa.

No fue enviado a casa sólo para descansar y recuperarse. Unos meses después, en marzo de 1937, fue llamado a filas, para reconocer los daños producidos en Jaén, tras el correspondiente bombardeo de la ciudad. Al día siguiente al bombardeo de la Legión Cóndor sobre Jaén, el bando “Republicano” acababa con la vida de su hermano, mi tío Juan, por ser un espía, (eso decían,) con familiares en el bando “fascistas“….

Antes de acabar la guerra, mi padre regresó a casa. Si en su última visita no era más que una sombra de lo que fue, en ese momento no quedaba ni el recuerdo de su sombra. Mi madre, ya encargada de las tareas productivas de la familia, no sabía qué hacer con él. No le interesaba su familia, no le interesaban las cosechas ni el tiempo. La guerra lo había matado en vida. No todos pueden asistir, sin acabar con el alma herida, a la muerte, la sangre y los  cuerpos desmembrados, al llanto de un padre frente a las vísceras sangrientas de su hijo, a la muerte de hombres, mujeres y niños tras el sonido sordo de un disparo, y en definitiva al sinsentido….

Al poco, sin motivos aparentes, pero quizá de tristeza, mi padre murió. No sin antes darle a mi madre un regalo de despedida: A mi hermano Juan. A lo mejor, después de todo, sí que tuvo un poco de amor que ofrecer tras vivir los horrores de la guerra, pero no tuvo tiempo, o fuerzas, para conocerlo en vida.

Pasó el tiempo, y mi hermano Juan crecía con la misma desazón, con la misma falta de entusiasmo vital que mi padre trajo de la guerra. Las gripes, las enfermedades constantes lo acuciaban constantemente, sobre todo con el cambio de estación. En enero de 1941 unas tremendas fiebres obligaron a mi madre a salir corriendo en busca de ayuda. No era el primer niño que moría por la fiebre de malta en la aldea, por lo que el tiempo apremiaba. Cuando llegó el doctor le dio una medicina y un potente analgésico para evitar las desagradables convulsiones de la fiebre…. Y esa misma tarde, después de varios días sin salir de la cama, mi hermano se levantó, alarmando a toda la familia, que estaba reunida al calor del fuego de la cocina… Allí de pié, sin gesto o rastro de la fuerte fiebre que sufría, se dirigió a todos: No te asustes mamá, no te asustes hermana, ha hablado con papá y me pide que os diga no tengáis miedo, que no sufráis, porque pronto él cuidará de mí.

Juan se fue a la cama, no le dimos importancia a lo que dijera un niño de poco más de 2 años. Es la fiebre mamá, no te preocupes. Sin embargo, Juan no se equivocaba, no era un delirio de la fiebre, porque al día siguiente falleció.

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  1. 14 de enero de 2014 en 17:51

    Esta es una historia real de una mujer excepcional, la madre de mi amigo Javier García García, Carmen García García. En recuerdo de esta gran mujer, que nos dejó hace apenas un par de años dejando un gran hueco en el corazón de quienes la conocimos, me he atrevido a publicar esta historia, novelando algunos pequeños detalles. En memoria de Carmen García García, natural de Jaén y residente en Rota hasta el final de sus días. Descansa en Paz.

  2. 14 de enero de 2014 en 18:02

    Reblogueó esto en juanramon00.

  1. 14 de enero de 2014 en 17:52

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